Correspondencias en tiempos de guerra

Entrevista a Amelia Beatriz Aguirre, madre de Fernando Bernardo, héroe de Malvinas

Contribución de Ernesto Rodríguez Lascano y Avelina Brown


CONVERSACIONES

Esta entrevista se enmarca en una serie de conversaciones que el ISES viene realizando con el objetivo de contextualizar, respaldar y resguardar un archivo histórico de correspondencias de Malvinas a través del Fondo Documental Malvinas.

Amelia viste trajes coloridos confeccionados por ella misma que desdibujan sus 88 años de edad. Falda, saco y sombrero de un turquesa estridente, a tono. Su hijo, Fernando Bernardo, se parece bastante a ella, ambos son alegres, pícaros, chistosos. Fuertes. El 17 de diciembre de 2025 nos encontramos en la sala de reuniones del ISES y allí nos contaron, con el tono alegre que los caracteriza, las historias más tristes.

Amelia vivía en la ciudad de Santiago del Estero cuando su hijo Fernando fue convocado a la guerra de Malvinas. Al comienzo, Fernando no le dijo a su madre que se iba a las islas. Era un joven conscripto recientemente incorporado al servicio militar y no quería preocuparla. Tampoco estaba seguro de su futuro cercano.

Una mañana de abril, sus sospechas de que iba a la guerra se hicieron más fuertes. En una salida de patrulla de rutina, el buque partió del puerto con más armamento —mucho más armamento— que de costumbre. Aunque no había recibido notificación oficial de que se embarcaban hacia Malvinas, él lo entendió. Llevaban provisiones, armas, equipo de campamento. Más tarde, a través de una carta, le reveló a su mamá que creía que iría a Malvinas y que transportaba un Hércules en un camión Dodge en la Base Naval de Puerto Belgrano, Buenos Aires. El 11 de abril Fernando ya estaba en Malvinas; su regreso al continente fue el 20 de junio.

Amelia intentó informarse a través de radioaficionados si su hijo estaba vivo o herido. Al comienzo de la guerra no había manera de comunicarse. Más adelante comenzaron a llegar las cartas y, a partir de entonces, Fernando le escribió a su madre una vez por semana. En ellas, entre otras cosas, le contaba dónde estaba exactamente ese día.

Pero esas cartas estaban desconectadas de las que enviaba Amelia: a Fernando le costaba leer las cartas que le enviaba su madre. No podía leerlas. Necesitaba aislarse, aceptar ese nuevo mundo —la guerra— como el único mundo. En pocas semanas su familia eran sus camaradas; su vida estaba en Malvinas. En algún momento pensó incluso que había nacido allí y que moriría allí.

Y en ese mundo frío, húmedo, hostil, incierto y violento, Fernando fue, increíblemente, feliz. Él mismo tejió su historia: creó lazos de amistad, estableció rutinas y se divertía cambiando cigarrillos, que no fumaba, por chocolates. “Si fui feliz ahí, podría haber sido feliz en cualquier lado”, nos contó.

Amelia, a 2.400 kilómetros de distancia, en un paisaje de chaco santiagueño tan distinto, recibía las cartas de su hijo. Como si estuvieran cortados con la misma tijera —o como si realmente lo hubiera criado así—, tampoco podía leerlas. Cuando llegaba el sobre, lo primero que hacía era ir a la casa de su vecina. Le pedía que la leyera. Necesitaba una voz ajena, distinta, femenina, que reprodujera las palabras de su hijo.

Amelia nos cuenta que no lloró. Nunca lloró. No lloró cuando se enteró que su hijo iba al frente. No lloró cuando recibió la primera carta, ni la segunda. No lloró cuando se enteró que había terminado la guerra, ni cuando supo que su hijo estaba a salvo en el continente. No lloró cuando escuchó su voz por teléfono ni cuando lo vio nuevamente y, al abrazarlo, lo notó un poco más flaco. Amelia relata que el corazón se le salía del pecho por la emoción y la alegría, pero aun así no lloraba.

En los primeros encuentros con él solo ella hablaba: no lo dejaba emitir palabra. Incluso, Amelia no quiso preguntarle ni una sola vez sobre la guerra. Sentía un profundo rechazo por ella y prefería fingir que nunca había existido. Escuchaba atenta cuando su hijo respondía las preguntas de otros familiares o de los vecinos sobre qué comía o cómo dormía. Pero ella nunca le preguntó ni habló del tema con él. La manera en que fue conociendo las experiencias difíciles que su hijo había atravesado durante la guerra fue a través de esas conversaciones que él tenía con otras personas.

Amelia recuerda que, cuando vio a Fernando llegar de Malvinas, notó que tenía una enorme sonrisa. Sus compañeros estaban serios y él no paraba de sonreír. Era la felicidad —nos contó Fernando— que sentía por haber sobrevivido a la guerra. Fue una alegría tan grande, dijo, que era más importante que cualquier sufrimiento que hubiera pasado en las islas.

Al terminar la guerra, Fernando tuvo que cumplir todavía su tiempo de servicio en la Marina. Recién dos años después volvió a su casa. Como debía continuar con el servicio militar, no le permitieron festejar la Navidad con su madre. Amelia estaba enojada. Más enojada estuvo cuando los sucesivos gobiernos democráticos y la sociedad en general le dieron la espalda a su hijo Fernando, así como a los demás excombatientes de Malvinas. Sentía que no había contención social. La sociedad les tenía rechazo: no los aceptaba, les tenía miedo. No era fácil conseguir trabajo ni hacer una vida “normal”. Amelia contó que por esos motivos sí lloró. Lloró al ver que su hijo sufría por no poder insertarse en un mundo sin guerra. Pese a las dificultades que atravesaron al principio, y que en cierta medida siguen afrontando, Fernando terminó por encaminar su vida profesional y laboral, algo que llena de orgullo a su madre. Al principio rindió examen de ingreso tanto en la Quinta Agronómica como en la Universidad Tecnológica. Finalmente, Fernando terminó su carrera de Ingeniería en Construcción en la UTN Regional Tucumán, gracias a la atención y paciencia de una profesora que conoció durante el ingreso. Ella se enteró de que era excombatiente y dedicó tiempo y cuidado especial para que pudiera continuar sus estudios. Tres años después de recibirse, durante el gobierno de Bussi, reconstruyó una de las cúpulas de la Casa de Gobierno, luego de que fuera incendiada por una caña voladora.  “Todo lo que toca lo vuelve bueno”, nos contó Amelia.

La historia de Amelia y Fernando muestra cómo los vínculos humanos —familiares, de amistad, de amor— fueron atravesados por la guerra y cómo, sobre todo, aprendieron a convivir con ella para seguir adelante.

Las entrevistas a madres y familiares de excombatientes permiten echar luz sobre un costado poco visible de la guerra: “las emociones”, la historia de quienes no aparecen en los diarios ni tienen relatos épicos o terribles que contar. Es la historia de quienes esperaban el regreso de sus hijos, de sus hermanos, de sus amigos. Y a lo único que podían aferrarse era a sus memorias y a esas —benditas— cartas.

 

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Ernesto Rodríguez Lascano ernestorl@csnat.unt.edu.ar

Avelina Brown brown.avelina@gmail.com